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Sabiduría o Saberes. ¿Cuál es más Útil en Nuestra Sociedad

Hemos sido formados en una cultura occidental donde prima la adquisición de conocimientos para tomar un lugar en la sociedad, por lo que ocupamos cuantos recursos podamos para hacernos de ciertos “saberes”. En el campo académico, muchas personas se afanan por obtener títulos o grados que pongan de manifiesto su valía y les acredite en la asimilación y aplicación de determinados conocimientos. La oferta y demanda de pregrados y postgrados, no digamos cursos o capacitaciones, es ilimitada hoy en día, desde la asistencia presencial o bien, virtual; todo con un solo objetivo: asegurarnos una mayor calificación en un mercado altamente competitivo.

Por otro lado, se encuentra la sabiduría, como la capacidad de adquirir conocimientos a partir de las experiencias vividas, propias o ajenas, permitiendo desarrollar un agudo entendimiento y discernimiento para actuar de forma sensata y ponderada. Es así como la sabiduría conlleva la capacidad de vivir, reflexionar, profundizar, asimilar y enriquecer la realidad que nos corresponde experimentar.

El psicólogo Carl Rogers distinguía la transmisión de conocimientos de la adquisición de un conocimiento significativo. La primera consistía en una adecuada información, la segunda requería un clima motivador y humano donde poder acontecer y concretarse.

De esta forma, la sabiduría comprende una reflexión silenciosa e introspección de las vivencias experimentadas, favoreciendo la obtención de conocimientos significativos, lo cual es procesado desde una perspectiva de profundidad, propio de personas que se sensibilizan para obtener la esencia de los estímulos externos e internos, y luego construir razonamientos y actitudes que les facultan para actuar juiciosamente. La sabiduría requiere tomar conciencia, desarrollar la contemplación, la meditación e introyección, y posteriormente aplicar los conocimientos con un discernimiento superior para el logro de metas y la resolución de problemas.

La supremacía de los saberes, que comprende el cúmulo de conocimientos e información recibida, resulta ser una herramienta de canje en nuestra sociedad, al grado que las personas suelen enfocarse en ellos, relegando la sabiduría. Sin duda, adquirir conocimientos académicos y técnicos, resulta valioso para la aportación individual al colectivo de personas que se desenvuelven a diario en la maquinaria productiva. Ya conocemos la frase de Auguste Comte, “Saber es poder”, y en efecto, lo es, aunque se trate de un poder relativo, circunscrito a una esfera fundamentalmente externa. La sabiduría por otro lado, responde a una esfera interna de análisis para actuar con juicio templado, coherente y superior; algo que resulta vital para que los saberes no se tornen mecánicos, despersonalizados y sujetos a riesgos de equivoco.

No es cuestión de establecer una escala entre saberes y sabiduría, pero debemos reconocer que culturalmente hemos sacrificado la sabiduría, marginándola a un término cuasi místico, difícil de alcanzar y atribuible a seres “especiales” que levitan o que generan un aura irradiante.

Lo cierto es que la sabiduría es una práctica humana de crecimiento y tenemos la oportunidad inédita de estimular su adquisición a través de las vivencias significativas, los conocimientos obtenidos y las abstracciones derivadas sobre su relevancia y utilidad práctica.

Desmitificando la concepción de sabiduría como un tesoro escondido y reservado para pocos, podemos decir que la sabiduría es un carácter propio de personas que han hecho de su vida una constante experiencia de aprendizaje, obteniendo de ella juicios que le posibilitan una vida, no exenta de problemas, pero si fortalecida y potenciada para la evolución y consolidación de la persona.

No son pocos quienes se enfrentan a desafíos reales que, aunque posean “conocimientos”, vacilan al grado de caer en desesperanza y desolación. La sabiduría puede dotar de la capacidad para relativizar, dimensionar y resolver asuntos clave en el vértigo de un mundo cada vez más complejo e incierto, de tal manera que una persona con sabiduría debería determinar cuándo puede controlar una situación particular, de no ser así, cuándo poder influir en ella y de no ser factible alguna de éstas, entonces aceptar dicha situación.

Sí creemos que el conocimiento, tal cual lo concebimos, nos empodera, también debemos creer que la sabiduría hará de ese conocimiento un caudal de capacidades para acercarnos a lo verdaderamente importante: nuestra vida y el significado superior de la misma. Accidentarse deja de ser opción y pasa a ser obligación la búsqueda de una sabiduría que la naturaleza humana demanda para sí.

“La sabiduría es hija de la experiencia”- Leonardo Da Vinci

“No hay que confundir nunca el conocimiento con la sabiduría. El primero nos sirve para ganarnos la vida; la sabiduría nos ayuda a vivir”- Sorcha Carey

“Nueve décimas partes de la sabiduría provienen de ser juicioso a tiempo”- Henry David Thoreau

www.coachinginteractivo.comI

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